¿Cuéntame un poquito de tu infancia?

Mi infancia fue como la de muchas, corría a esconderme de la lluvia bajo el camión que estacionaban frente a los edificios donde vivía, me escondía en verano de las gitanas que pasaban por fuera de la casa donde vivía, me quedaba la tarde entera esperando a que mi padre fuera a buscarme para ir al colegio mientras mi mamá gruñía y se iba a buscar algún teléfono para llamarlo y retarlo un poco, comía moras que sacaba de los arbustos que estaban a la orilla de las vías del tren, tenía tres perros-amigos dálmatas imaginarios que sólo veía cuando viajábamos a Puerto Montt y los recogía en la misma roca de siempre y los dejaba en el mismo tren de siempre, pasé casi todo un año en casa ya que la humedad de la playa me hacía mal y no podía ir al colegio, sólo salía cuando me llevaban al doctor para que me hicieran respirar un humo mágico que arreglaba mis pulmones y hacia que pudiera entrar la cantidad de aire necesaria para seguir viviendo (lo extraño es que ahora en la gran ciudad, con un aire prácticamente toxico respiro demasiado bien), contaba historias mágicas sobre duendes, gnomos, aves que hablaban y cosas así a mi madre mientras caminábamos a la playa, escribía en mi diario luego sacaba las hojas y las iba a quemar a la parte de atrás de la casa para que así nadie leyera lo que escribía, repetí un año por inasistencia ya que prefería quedarme en los columpios de una plaza que estaba cerca del colegio durante horas mirando las nubes y viendo que tan lejos podía saltar, mi padre me llamaba con el micrófono de la patrulla cuando nos iba a buscar y yo toda colorada me metía en la patrulla como una vil ladronzuela. Ya saben una infancia sin mucho que contar.










